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Miedo

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...y se levantó lentamente, despacio, sintiendo cómo el aire se desplazaba para dejar lugar a su figura, envuelta en un abrigo negro y largo hasta los pies; todo ello rematado por una sonrisa lobuna y un brillo escarlata en los iris, que conferían al hombre un aire siniestro. Levantó las cejas y la observó dando vueltas en el laberinto de su propia imaginación en que las nubes grises anunciaban nefastos presagios venideros, y en que el sol, por no haber, no había ni nacido, pues las sombras cubrían cada resquicio de ese lugar idóneo. Se batía lentamente entre la cordura y la locura, experimentando ese manjar peligroso que son las pesadillas realistas, tan realistas que un miedo atroz le atenazaba el pecho. Empezó a girar como una peonza de una pared a la otra, chocando contra ellas con violencia a la vez que espasmos recorrían su frágil cuerpo, todo hueso y piel, y que los ojos se perdían para dejar a la vista un blanco demoníaco, que contrastaba fuertemente con su imagen de muñeca de porcelana, con sus cabellos dorados y pulcros llenos de sangre. Se arañaba la piel con fruición, gritaba letanías arcanas vacuas, sin fondo. Había acabado por creerse su propia mentira, sus mentiras. La miró y una mueca cruzó su rostro, una mueca amarga, con repugnancia. Pusilánime, inservible. Qué poco había hecho falta para arrastrarla y acabarla, para llegar a su fin. Cerró los ojos con disgusto al oír un grito agudo proveniente de la pobre niña, que ahora, tirada en el suelo, se arrancaba el cabello a tajos mientras escupía sangre,...y por los ojos, lloraba sangre. Se sentó de nuevo, acomodando su abrigo de cuero, con elegancia. Sus maneras eran finas y estudiadas, y nunca, nunca, dejaba esa sonrisa macabra; no podía. Su rostro desfigurado por las llamas la había hecho perenne, él sólo la acentuaba a ratos, cuando la niña llegaba a los momentos cúspides de su agonía. Se levantó, harto ya del acto macabro que tan poco le divertía; hacía años que había perdido el gusto que le provocaba el dolor ajeno, pues habían pasado demasiados cuerpos por sus manos desde aquella primera vez en que mató a su hermana pequeña...quizás por eso encontraba más estimulante atacar a pequeñas señoritas, pero pensaba con asco que ya ni eso le placía. Acarició su abrigo, recordando cómo había guardado a su hermana con cariño hasta que al fin le había podido dar uso. No muchos tuvieron el estómago de hierro, pero silenciarlos fue tan fácil como lo había sido enloquecer a la criatura que ahora renqueaba hacia él. Sin dilación le pateó la cara, tirándola hasta el otro extremo de la estancia. Gimió levemente, la violencia pura y dura seguía reconfortándolo. Se ensañó con ella hasta que no quedó más que un cuerpo maltrecho y deforme, sobre un charco de sangre y con el cráneo devastado. Lo aplastó una vez más para reducirlo a cenizas, pero crujió algo más y consideró que ya no le satisfacía. Se sentó de nuevo en la butaca de cuero negro, tomó una copa que previamente había rellenado con vino, y vertió en ella sangre de la víctima. Cató, y fundió su mirada con el horizonte que se veía a lo lejos, sobre Madrid. Esa oferta le rondaba la cabeza. Quizá demasiado arriesgada, pero necesitaba un estímulo. El hastío hizo acto de presencia, refunfuñó. Tendría que tomar más de esa sangre barata, y maldijo la hora en que no leyó en el contrato que el Mal no dormía, por tanto, sus siervos tampoco...

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Comentarios Miedo

Tu narración suena tétrica pero desconociendo tus intenciones sobre la comprensión solo me remito a decir que esta muy atrapante.
se me pon en los pelos de punta...felicidades
Oye amiga, alguna vez te dijeron que puedes ser la reencarnacion de Edgar Alan Poe, sigue escribiendo asi y te vas a llenar de seguidores.
Menos mal que la lei despues de levantarme y no antes de acostarme.

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